¿Cómo afrontar la ‘selección natural’ en el emprendimiento?

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Por José Antonio Dávila Castilla
Profesor

Es ampliamente conocido en nuestra cultura el concepto de la supervivencia del más apto. Se utiliza con frecuencia al describir la competencia entre individuos y organizaciones y, por supuesto, para discriminar a las iniciativas empresariales exitosas de las fallidas. Este concepto nos evoca a Charles Darwin y su teoría sobre la evolución de las especies; sin embargo, Darwin jamás la pronunció o lo escribió. El autor original de la frase es Herbert Spencer, filósofo inglés considerado el autor más relevante en ámbitos filosófico-sociales hasta antes de Bertrand Russell.

La idea pronto se exportó a otros ámbitos como el ético, el social y el económico, y en su momento despertó el debate sobre el llamado “darwinismo social” y su papel en la justificación de la inequidad económica y social. La idea de la competencia feroz y descarnada en los mercados se compara con la lucha por la supervivencia en la naturaleza. De ahí que tanto las empresas como los individuos que laboran en ellas buscan competir para destacar o sobrevivir.

Este concepto presenta tal arraigo en la mente de la gente que genera concepciones erróneas sobre la realidad de la empresa y hace casi imposible entender un fenómeno como el efecto multiplicador en la comunidad de los emprendedores.

Un experimento de los profesores Aaron Kay, Christian Wheeler, John Barghand y Lee Ross, realizado en 2003, permitió probar esta idea. Los investigadores dividieron a los sujetos del experimento en dos grupos. En la primera fase a ambos se les pidió conectar con líneas varias fotos y explicar las relaciones entre las mismas en un papel adjunto. Al primer grupo le presentaron imágenes neutras con todo tipo de actividades: paisajes, familias, comida, etcétera. Al segundo sólo imágenes relativas al mundo de la oficina: portafolios, computadoras, teléfonos, etcétera.

En la segunda fase, a todos los sujetos se les explicaba que les habían sido asignados otros sujetos como pareja y que podían ganar hasta 10 dólares. La nueva tarea era muy sencilla: en el centro de una mesa había dos papeles que contenían las leyendas “oferta” y “decisión”. Las parejas debían decidir primero quién sacaría el papel. Si al sacar el papel la persona obtenía el de “oferta”, debía hacer una propuesta para dividir el dinero. Si la otra persona aceptaba esta propuesta, ambos recibían su parte, pero si la rechazaba, el dinero se perdía y ninguna recibía nada.

Las personas del experimento no sabían que el compañero asignado era un actor y que todo estaba arreglado para que al final las personas del experimento fueran quienes propusieran el tipo de arreglo para repartir el dinero. Aquí es donde el resultado se vuelve interesante: en el primer grupo, aquel donde las fotos observadas eran neutras, 91% de las personas propuso repartir el dinero de forma equitativa. En el segundo grupo, que había trabajado con las fotos de oficina, apenas 33% de la gente sugirió un arreglo equitativo. El resto planteó quedarse con más dinero que su compañero.

El experimento hizo patente dos realidades: en primer lugar, que las impresiones que recibimos justo antes de tomar una decisión modelan nuestra forma de ver el mundo, de evaluarlo y de elegir; en segundo lugar, el evidente arraigo que la idea de la competencia descarnada tiene en el ámbito empresarial. Para la gran mayoría, empresa es igual a competencia y no cabe espacio para la colaboración.

En los ámbitos corporativos, la competencia y la idea de la lucha por la supervivencia son la constante. Aun dentro de los proyectos colaborativos o matriciales que crecen en los ámbitos corporativos está presente esta situación de permanente competencia. Esto hace difícil entender el aspecto de la colaboración entre comunidades de empresas.

Para el emprendedor, no es nueva esta lucha constante por el mercado, los clientes y estar delante de los demás con la calidad y velocidad suficientes para sobrevivir. El emprendedor sabe que enfrenta competidores más grandes, con mayores recursos y que “sólo sobreviven los más aptos”. No le es ajeno el mundo de la constante competencia. Sin embargo,también sabe del apoyo que encuentra entre sus pares —en otros emprendedores— que de manera espontánea y generosa comparten experiencias, conocimiento, contactos y, en ocasiones, hasta capital. Es ahí donde los mundos corporativo y emprendedor se separan. No sólo la competencia es connatural al ser humano, también la colaboración.

Cuando Darwin hablaba de la “selección natural”, señalaba a la capacidad de adaptación como atributo para la supervivencia: los organismos mejor adaptados son los que sobreviven, no los más fuertes, no los más grandes, no los más agresivos; sólo los mejor adaptados. La capacidad de adaptarse al medio es lo que hace a una especie exitosa. De la misma forma, en las empresas se ha ido desplazando el enfoque de los empresarios hacia la flexibilidad organizacional; en la medida en que una organización puede adaptarse a los cambios socioeconómicos y a la continua evolución de los mercados tendrá mayor oportunidad de sobrevivir.

En la medida en que en una comunidad se manifiesta la empatía entre sus miembros y se generan o descubren elementos afines entre ellos, los integrantes construyen un ecosistema mejor preparado para adaptarse a los cambios del entorno, y entonces sobrevivir y florecer. Esto nos llevaría al otro extremo: la colaboración por oposición a la competencia. La colaboración sería la gran virtud que permite a una determinada comunidad enfrentarse al cambiante medio ambiente en el que se encuentra.

Precisamente esta cualidad es la que se manifiesta en el mencionado “efecto multiplicador” dentro de los ecosistemas emprendedores y parece desdibujarse cuando hablamos de industrias muy establecidas o de grandes grupos corporativos donde la competencia pareciera ser el atributo por el cual se miden todos los miembros.

En cambio, en los ecosistemas emprendedores aparece de forma natural una vocación a compartir y colaborar que, acaso sin saberlo, constituye una de sus armas más poderosas, ya que permite la polinización de ideas y experiencias, así como la generación de entidades que fortalecen al entorno de las iniciativas empresariales.

Competir y colaborar serán los dos elementos clave en el éxito de toda organización. Lo interesante es si este concepto puede ser aplicable a comunidades de empresas y no sólo a los integrantes de una empresa particular.

Los grupos humanos generan comunidades hacia el interior de sus grandes naciones. Pequeños grupos que les dan identidad y fuerza, a través de los cuales florecen y destacan. El emprendedor de forma natural se identifica con otros emprendedores. La competencia no es entre ellos, sino con los modelos tradicionales. La colaboración se convierte en la fuerza que les permite adaptarse, sobrevivir y ser exitosos en el mercado, al más puro estilo de lo que describió Darwin sobre la selección natural. Colaborar es la fuerza, no la debilidad.

En las comunidades emprendedoras, en donde no existe una clara dependencia ni una red jerárquica de relaciones, predomina el concepto de la autoridad y la participación: se comparten las buenas ideas, se busca aprender de quienes se han adelantado en los mercados, se forma a los cuadros de avance, no para ser empleados, sino para generar nuevas empresas y colaborar con ellos.

Las comunidades de emprendedores se han convertido en un verdadero centro de desarrollo de talento, quizás el más poderoso en la era moderna. Y lo han hecho porque se valora más la autoridad que gana el emprendedor con sus buenas decisiones y su arrojo que con su poder económico o político. Precisamente ésas son las cualidades que definen a quien inicia una nueva empresa y, por ello, quienes las viven conforman la comunidad ideal para la colaboración, aquella donde el efecto multiplicador es la norma, en vez de la excepción, y como consecuencia surge de forma natural la innovación constante hacia el futuro.

*Publicado originalmente en Forbes​

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